"Reflexiones en torno a la Revolución Mexicana".

Publicado en por Dr. Jaime Manuel Álvarez Garibay. Titular de las materias de Historia del Derecho Mexicano y Derecho Mercantil II en la Universidad Iberoamericana.

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 Es evidente que los gobiernos federal y local no han otorgado la misma importancia a la celebración del bicentenario de la Independencia que al centenario de la Revolución Mexicana si bien, de cualquier forma, ambas celebraciones parecen vacías de contenido. Podría haber varias causas para explicar este fenómeno, quizá los gobernantes actuales de los partidos en el poder no se sientan identificados con el movimiento de 1910 que realmente tuvo lugar hasta mayo de 1911. El eterno problema de las fechas en la historia y de los encargados de conmemorarlas.

 

¿Sería suficiente el hecho de que Madero citara al pueblo para levantarse en armas precisamente el 20 de noviembre de 1910 a una hora determinada para considerar esa fecha como el inicio de la lucha armada? En 1910 aún había tranquilidad en el país, al menos aparente y aunque el antiguo régimen estaba profundamente desgastado, los hechos no permiten considerar al 20 de noviembre como el inicio de la gesta revolucionaria.  No cabe duda que en este tema de la Revolución abundan los matices, por ejemplo, a  los científicos a quienes tan mal trataron los miembros del Ateneo de la Juventud,  la Revolución no les parecía tan atractiva; Francisco Bulnes, con su estilo característico opinaba que la revolución era la reacción violenta saludable de un organismo, contra la infección que lo ha invadido. Una revolución es lo que el vulgo conoce por una simple indigestión o miserere mortal. Es claro que la intensidad de la reacción debe corresponder a la intensidad del envenenamiento[…] en los casos de revolución social hay vómitos pestilentes de pasiones rastreras, transpiración tóxica abundante de crueldad, de iniquidad de bestialidad; hay saqueo de agua al cuerpo, particularmente a la sangre conduciendo a la asfixia, síncopes alarmantes, calambres en todos los intereses, palidez en todas las virtudes públicas y privadas, cobardías inconcebibles, chocando contra heroísmos admirables, hombres selectos fraternizando con presidiarios célebres, damas encopetadas en orgías de cuartel, reptiles volando sobre águilas, tenias hambrientas proclamándose sacerdotisas del culto a la patria, alimañas [término que pondría muy de moda el ex Presidente Fox] de pantanos ecuatoriales proponiéndose para mariposas de jardín; una emulsión pavorosa de lo bueno y de lo malo, de lo horrible y lo bello, de lo fuerte y lo podrido, hirviente, tibia o fría, sonando a banquetes de ratas en destapadas sepulturas, a la puerta de templos donde los dioses pierden su fe en sí mismos con el estruendo del cataclismo[1]

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A uno de los grandes abogados mexicanos, Emilio Rabasa científico fundador de la Escuela Libre de Derecho tampoco le entusiasmaba el tema de la revolución a la que distinguía de “la bola”. Rabasa denuncia en sus novelas La bola y La gran ciencia lo absurdo del movimiento; el abogado constitucionalista afirmaba que “La revolución es hija del progreso del mundo, y la ley ineludible de la humanidad; la bola es hija de la ignorancia y castigo inevitable de los pueblos atrasados”.  

 

Cualquiera de los visitantes extranjeros que pasó por México a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, hubiera pensado que había dos países diferentes: el de la “gente decente” y civilizada, es decir el de las elites, entre ellas los científicos como Emilio Rabasa y Francisco Bulnes y el otro, el que conformaba la gran mayoría del pueblo “los pelados”.  A primera vista, la vida en México parecía deslizarse suavemente hacia el progreso. El darwinismo social, en boga por aquellos días, preconizaba que los organismos evolucionan. Según unos letrados muy poderosos y cercanos al dictador, a quienes de tanto repetir la palabra ciencia el pueblo había acabado por llamar “los científicos” consideraban que la teoría de la evolución podría aplicarse perfectamente a la sociedad mexicana; era la modernidad al fin tocaba a la puerta de nuestro país. Si bien, no todos los sectores sociales del país tendían al progreso los científicos pensaban que entonces era recomendable “arrastrarlos” para conseguir esa meta.

 

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Las elites bailaban al compás de los valses vieneses, comían en los restaurantes de moda con los menús en francés, declamaban poesías de Juan de Dios Peza y escuchaban música culta, pero todo este mundo idílico para algunos estaba a punto de llegar a su fin. Las fiestas del Centenario fueron las últimas de Porfirio Díaz y el régimen y sus elites caerían irremisiblemente con él.

 

La Revolución Mexicana no había surgido de la nada, las elites del Porfiriato que desde la entrevista Díaz-Creelman vivían en perpetua querella, habían participado en el planteamiento intelectual del movimiento; en principio, por una razón muy sencilla, eran los únicos que sabían leer y escribir en un país de analfabetas. ¿Qué podían esperar estas elites de la Revolución? Nada bueno y fue por eso que quienes pudieron hacerlo se exiliaron por algunos años, José Ives Limantour, Emilio Rabasa, Pablo Macedo, Francisco Bulnes, Joaquín Casasús y el mismo Porfirio Díaz tuvieron que exiliarse en el extranjero, algunos para no volver jamás. Hubo, desde luego, una excepción, Justo Sierra que logró ser Enviado extraordinario del gobierno de Madero ante la Monarquía española.

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En ocasiones,  por virtud del simple transcurso del tiempo estas elites lograron acomodarse con la gran familia revolucionaria, dándole lustre a gente sin apellido, pero ideológicamente esta adaptación nació desde los tiempos del Porfiriato. Charles Hale, por ejemplo, ve una clara continuidad entre la política científica que buscaba erradicar el poder de la Iglesia y la conformación de un ciudadano (sujeto al orden positivo) y algunos planteamientos ideológicos de la Revolución que se reflejan en las ideas, por ejemplo y por mencionar sólo un caso, nuevamente el de Emilio Rabasa.

 

A  partir de la Revolución nace un nuevo nacionalismo que se caracteriza por exaltación del indigenismo, la afirmación de la propia nacionalidad frente al peligro norteamericano, el desdén por lo extranjero, el ataque a los valores preconizados por los intelectuales del Porfiriato y el anticlericalismo, pero a pesar del surgimiento del nacionalismo revolucionario, durante los gobiernos de Obregón, Calles y Cárdenas todavía estaban muy frescos en la memoria de la mayoría de los participantes, la destrucción, las atrocidades, la crueldad, las guerras de facciones y el caos en que se vio sumido el país por más de veinte años, como para ensalzar las virtudes de la Revolución Mexicana, éste sería un proceso de larga duración, incluso  Mariano Azuela,  se muestra pesimista al considerar que tantas muertes habían sido, por lo menos, inútiles. El proceso histórico para “institucionalizar” la Revolución se gestaría gradualmente, de la mano de la estabilidad política, el presidencialismo  y el crecimiento económico del país.

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¿Habrá mucho que festejar? El nacionalismo revolucionario y el partido en el poder crearon el mito revolucionario que surtió efectos por largos años: cualquier puesto en el gobierno, prebenda o favor político tendría que pasar por el partido cuyo nombre inmortalizaba a la Revolución que de tanto mentarla se iba desgastando y cuyo mismo intento de institucionalización representaba un absurdo que en su momento denunciaron Cosío Villegas y Stanley Ross, el mito de la revolución permanente que se purificaba a sí misma pero, finalmente, la Revolución también cayó en desuso, como señalan Romana Falcón y Raymond Buve:

 

“La tragedia de Tlatelolco que en 1968 truncó las esperanzas de toda una generación, las crisis económicas recurrentes desde los años setenta, la menguada legitimidad de los regímenes gobernantes, la creciente corrupción, el feroz neoliberalismo, la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio y la abolición del ejido hicieron resurgir, y con gran fuerza, el debate sobre la continuidad entre el Porfiriato y la Revolución […]”.

 

Con las instituciones revolucionarias: sindicalismo, seguridad pública y social, nacionalismo, impartición de justicia, tenencia de la tierra, entre otras, en franca decadencia y sin otras que las remplacen ¿tendremos mucho que celebrar?

Francisco Bulnes, El verdadero Díaz y la Revolución, passim.

Falcón, Romana y Buve, Raymond, Don Porfirio Presidente..., nunca omnipotente Hallazgos, reflexiones y debates. 1876-1911, 1998, p. 17.

 

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L
<br /> <br /> Yo pienso que más que celebrar hay que reflexionar.. Saludos Jaime y un abrazo cariñoso<br /> <br /> <br /> <br />
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D
<br /> <br /> Gracias por esas palabras.<br /> <br /> <br /> Saludos atentos,<br /> <br /> <br /> Atte.<br /> <br /> <br /> Jaime M. Álvarez Garibay.<br /> <br /> <br />  <br /> <br /> <br /> <br />