"El Meollo y la Solución" (Editorial No. 163 8-80).
Desde tiempos inmemoriales, la droga forma parte de la humanidad. De la cultura. De la historia. De la fantasía y la creación, del bochorno y la decadencia. Su origen, natural; su uso, primeramente ritual, religioso, y las distintas perversiones de su utilización: la exploración de los niveles de la conciencia, el desentendimiento del mundo, los colores inexistentes, los viajes a ningún lugar.
Ocupan un pedestal bipolar. Sacrílegas o maravillosas. Una puja por su legalización en contra de su prohibición absoluta. Su preservación como “glorias de la naturaleza”, según Enrique Bunbury, y su satanización; grupos inmensos pregonan hasta la saciedad por su desaparición. Pero emanan. Surgen. Son parte del planeta. En tanto ello, su eliminación sería arrancar al planeta algo de lo tanto que brinda. Algo de sus entrañas. Algo que existe en la naturaleza. Que se haya pervertido su significado, su uso, y más ante todo, se haya erigido una industria para su comercialización aprovechando su satanización y su ilegalidad; todo eso es otra cosa. La lucha apunta a las condiciones y las estructuras sociales que han pervertido la existencia de la droga; no la droga por sí misma.
Presumir que las drogas son malas “per sé” es inadmisible. Sustancias que son. Que existen. El humano que las usa y les brinda el sentido. Si las leyes existen para preservar la “sana” y “pacífica” convivencia humana es por que siempre existirá alguien que rompa esa sanidad y paz. Por mera condición humana. Por sus meras imperfecciones. Su ansia de romper el “status quo”. Antes de regular la existencia de las drogas por sí mismas, el humano ha inventado medios para regular su uso. Primeramente su exceso. Luego cualquier consumo, cualquier acercamiento. Finalmente el extremo: cualquier mención, cualquier analogía, cualquier vestigio, por ínfimo que sea.
En tanto sustancia prohibida, deseo irresoluble. Insatisfacción perenne. Para ello una industria que acerque aquellos extractos vedados a la gente, ávida de satisfacer sus necesidades, cualesquiera que sean. Sus métodos también se han pervertido. Desde la simple vendimia hasta la confección de una cultura del terror sustentada por la sangre, alimentada por el miedo, incitada por la corrupción, seducida por la intrascendencia y el hartazgo. Y luego el poder. El poder de lo prohibido. Y una sociedad que tiene que re-pensar sus mecanismos de defensa, sus valores, sus formas de pensar, sus principios básicos. Todo por que no da crédito de la barbarie. Por que nunca creyó tanta depravación. Ha desvirtuado la condición humana. Redujo “vidas humanas” en “cuerpos”. Transformó su vocabulario al servicio del amarillismo y la descripción innecesaria. Ha retratado la crueldad y ha olvidado la historia de quienes cayeron: quiénes eran, qué hacían, por qué murieron, quiénes llorarán su muerte. La banalización y la indiferencia ante la muerte y los “efectos colaterales” de una guerra que ha desgajado algunos rincones del país: ese es el precio más costoso.
México afronta una situación cuyo análisis, preciso y completo, requeriría de todo un semestre. Tal vez más, mucho más. Pero a pesar de la divergencia y la masificación de la muerte, aún no hemos sabido cómo encarar una permanente situación de guerra, una guerra que nadie decidió luchar, pero en la que existen incontables cómplices. La dialéctica sobre la legalización de las drogas no ve fin. Al menos próximo. Ante la estadística, tenebrosa e infame, de muertos que la “guerra” ha dejado; medidas como la legalización podrían ser un primer paso. En tanto comercio, el narcotráfico necesita ingresos, los cuales debe, en gran medida, a su ilegalidad. El precio del producto se dispara si el tráfico es subterráneo, amorfo, ilícito. Esto por que los modos de producción y comercialización requieren de mayor personal, mayor “concesión”, y más cómplices. La legalidad derrumbaría toda la estructura comercial que hace que el producto final dinamite su precio. Una competencia “legal” al narcotráfico haría temblar sus finanzas. Y con ello, su riqueza, su poderío, su omnipresencia.
8-80 decidió confeccionar para ustedes, nuestros afables lectores un número especial sobre las drogas, no para glorificarlas ni satanizarlas, sino para exponer su papel en la historia de la humanidad, su uso en la cultura y en las artes, sus efectos en cuanto a su consumo, las opiniones que engendra. Todas las voces son escuchadas. El consenso se plantea. A favor en contra. Consumir o no. Eso depende de cada quien. Pero ante la situación del país, conviene reflexionar sobre la raíz de todo el desbarajuste; qué hace, qué papel ha tenido, hacia dónde apuntan su medida y sus excesos; qué es lo que causa tanta sangre, por qué estamos peleando; por qué nos estamos matando.
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