"Más Que Paredes Pintadas (Editorial No. 161 del 8-80)".

Publicado en por Editorial 8-80.

 

2713646719_835ae39f6b.jpgCuando las paredes del metro de Nueva York fueron pintarrajeadas, los pasantes no tardaron en escandalizarse. “No puede haber mayor muestra de vandalismo”, decían. Se rasgaban las vestiduras. La castidad de las paredes había sido violada. Pero nadie entendía el significado. Mucho más que una mancha de pintura amorfa. De una muestra de rebeldía y desparpajo. De descontento y rabia. De furia y libertad. La pureza de la construcciones albergaba un discurso que demolía los cimientos de sus porqués. Los cimientos del mundo mismo como lo conocemos. La insignia en aerosol simbolizaba más que pintura fresca que se “veía mal”.  Alguien no la pasaba bien y tuvo la suficiente valentía para suplir una hoja de papel y un lápiz por una pared y una lata de aerosol. Fue lo primero que tenía a la mano. Y tendría la garantía de que la gente lo vería. Con desdén o admiración, pero al menos lo verían. Vulgar y carente de toda estética al principio. Pero era una manifestación. Era expresión. Y en tanto expresión, esa mancha pintarrajada ostentaba algún discurso más allá de la banalidad. En tanto expresión, era arte.

 

La transgresión del arte contemporáneo trasladó la técnica a la idea. El arte al discurso. El efecto expresivo a la incomodidad, el cuestionamiento, lo perturbador. Pronto todo se convirtió en arte. Toda técnica y toda plataforma. Toda concepción sobre la estética y las formas establecidas. El arte trasladó sus fronteras a la totalidad de la expresión humana. Objetos sacados de la realidad, desprovistos de su esencia, e internados dentro de la noción del arte por voluntad del artista. El regocijo estético no estaba en la confección de la obra, misma que ya había sido hecha con otro fin, sino en la selección de esta como arte, y en la justificación del porqué. Bajo esa lógica, las paredes se volvían plataformas legítimas. Y los trazos en aerosol adquirían, ahora sí, una percepción estética, más allá del discurso y del sentido brindado por el artista. El graffiti ha luchado encarnizadamente por su institucionalización. Por el fin al desdén. Por el lugar legítimo que le corresponde como arte. Correoso e indulgente para con los ideales de quienes pintan y ayudan a pintar. Los grafitteros son un enjundioso gremio que pregona por la libertad de expresión. Que desentrañan los misterios de la vida callejera en un muro. Que tienen algo que decir. Y que hemos de presenciarlo.

 

BROCHA lanzó una convocatoria a través de Twitter en las semanas anteriores. De siempre, los lectores del 8-80 han tenido la oportunidad de crear sus propios contenidos para el semanario. Además del texto, sus propuestas visuales también ayudan. Diversos voluntarios reportearon sobre los grafittis que consideraban arte, y armaron el número de esta semana: una plana doble de BROCHA con sus mejores aportaciones. Además, COLISEO da cuenta del fabuloso torneo hecho por las Lobas del futbol, que lamentablemente no logró encarnizarse en el trofeo del Torneo Universitario Samsung; tan cerca y tan lejos. Pero el esfuerzo merece un reconocimiento. BRÚJULA campechaneó las noches de antro con los más recónditos bares “alternativos” y ELEPÉ se sentó a charlar con Zoé, con motivo de su nuevo disco “unplugged”.

 

Del arte y del no arte. Pero en tanto expresión es arte. El graffiti sigue luchando por un lugar. Ambivalente. Sin técnica de academia pero escuela propia. De las calles desdeñado por los museos (algunos). Cuestionar los cimientos del entorno desde sus estructuras sociales hasta las “convenciones” establecidas que dictan lo que es arte y lo que no es. El derrumbe de todo ello llego hace mucho tiempo. Y es tiempo de aprovecharlo. La calle tiene mucho que contar. Demasiado.

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